Espero conseguir que disfruten y se animen elaborando cada una de estas sencillas recetas, pero no por ello menos importantes, dando así su toque personal a cada plato, y por qué no, creando su propia obra de arte en ese espacio que nos ofrece la cocina.

Solo un consejo: háganlo con amor y mucho cariño.

Para iniciarse en la cocina, se necesita una serie de elementos básicos para acometer con éxito la elaboración de las recetas culinarias que nos propongamos.

Como punto de partida sería interesante empezar diferenciando entre tipos de cocina,  aunque en realidad solo hay dos categorías: la buena y la mala, para lo cual los elementos fundamentales que se necesitan son, paciencia, ganas y mucho cariño.

Con este blog pretendo llegar a todas esas personas que no quieren complicarse demasiado en la cocina, una cocina básica en la que se encuentre una respuesta a esas pequeñas dudas, pero a la vez tan importantes a la hora de elaborar una receta, que nos asaltan en el menú de cada día.

Y con estas respuestas, ganas, y una dosis de cariño, ingrediente indispensable en cualquier receta, se obtiene un delicioso plato para disfrutar en buena compañía.

Comer es, desde luego, una necesidad, pero una necesidad peculiar porque a diferencia de lo que ocurre con otras necesidades cuando tratamos de satisfacerla, no estamos procurando acabar con ella para siempre, sino que además del placer obtenido al comer estaremos aumentando nuestra capacidad de gozar de la comida y creando condiciones para recrear esa necesidad que se repetirá una y otra vez mientras vivamos. Una peculiaridad compartida con la sexualidad, cuya satisfacción contribuye a estimular nuestra sensibilidad y no a silenciar nuestros sentidos.

La cocina, la comida y el amor siempre han ido de la mano y para ello existen muchas y variadas razones. Probablemente por estas relaciones sean muchas las películas que, en la historia del cine, han puesto su mirada en la intersección de estas tres entidades.

En “Comer, beber, amar” (1983) Ang Lee, muestra cómo, en China, la cocina es un arte que forma parte de su patrimonio cultural y algo que va mucho más allá de la simple necesidad de alimentarse y donde la preparación de la comida y el servicio de la mesa son parte de un ritual. La película trata de expresar que hay mucha vida, más allá de los instintos básicos: el cariño, la amistad, la solidaridad, la comunicación, el amor profundo y sincero o el significado del trabajo y utiliza las comidas como soporte de la comunicación. Es en las comidas cuando hay ocasión para compartir proyectos, dejar aflorar los resentimientos o resolver las incomprensiones, porque en el contexto de la vida ordinaria, no hay espacio para la comunicación. Otra de las paradojas de la vida contemporánea dominada por las tecnologías de la comunicación, pero sin espacio para la comunicación interpersonal. Y las comidas sirven para tender los puentes necesarios para superar los desencuentros.

De la mano de Alfonso Arau nació en México “Como agua para chocolate” (1992), basado en el libro de la también mexicana Laura Esquivel -con el que abrió el fuego de la “cocina-ficción” como nuevo género literario- recuperando para la gastronomía el poder de la alquimia, en un mundo particular de comunicación amorosa a través de la comida donde se “sazonan” y se “condimentan” toda clase de sentimientos. Cocinar viene a ser otra manera de elaborar filtros amorosos, elaborando sofisticadas recetas con una mezcla de amor y conocimiento.

 En “Un toque de canela” (2003) se cuenta la historia de un muchacho griego, criado en Estambul, cuyo abuelo y mentor –gastrónomo, gourmet y filósofo- le enseña que tanto la comida como la vida requieren un toque de canela para proporcionarles el saborcillo que ambas cosas requieren. Cuando 35 años más tarde regresa a Estambul, para reencontrarse con su abuelo y con su primer amor cae en la cuenta de que ha olvidado aplicar ese consejo culinario –el toque de canela- a su propia vida.

El cine que, desde los más diversos puntos de vista –tiernos, humorísticos, dramáticos, trágicos, etc.- trata de representar fragmentos y secuencias de la vida, ha contado multitud de historias vinculadas a la gastronomía, porque comer forma parte de la vida, de la pasión, e incluso de la espiritualidad, como en “El Festín de Babette” (1987), en la que la inspiración y la actividad culinarias tienen carácter y conexiones místicas de modo que Babette, con su festín, consigue reconciliar a los participantes en el banquete llevándoles a creer en la presencia divina en las delicias terrenales.

En clave de humor pero con toda ternura Berlanga supo contar en Plácido (1962), una historia de entrañables menesterosos en un aciago día de Nochebuena, impartiendo una lección sobre la sensibilidad, el humor, la caridad, la generosidad, el buen corazón, los sentimientos humanos y la reconfortante emoción de compartir una comida.  Y que os voy a contar de american cuisine, mejor veanla es muy especial para mi, muestra el espiritu indomable que hace de muchos cocineros aguantar el dia dia sin tirar la toalla.

La felicidad es un estado caracterizado por la sensación de autorrealización y plenitud para con uno mismo, en las relaciones interpersonales y con los elementos del entorno y alimentar bien nuestro cuerpo, nos puede ayudar a alcanzar ese estado. Lo cierto es que cualquier cocinero, aficionado o profesional, confesará que lo que más le gratifica es hacer felices a sus comensales y ver cómo disfrutan de lo que ha elaborado. Quizá esto explique los dichos populares que apuntan a que al corazón del hombre se llega por el estómago.

Sin embargo, no todo es felicidad en la comida. Entre las paradojas que entraña nuestro modo de vida actual cabe reseñar el azote de dos extremos como son la anorexia y la obesidad, entre otros trastornos alimentarios que se han desencadenado, sobre todo, a partir del momento histórico –y, sobre todo, en aquellos países- en que se han dado las condiciones objetivas para que el hambre no sea una preocupación diaria.

Los llamados trastornos alimentarios son, antes que nada, trastornos afectivos, trastornos psicológicos. En algunos casos, se come –compulsivamente- para llenar un vacío interior motivado por diferentes causas y, con frecuencia, por carencias afectivas, aunque, por más que se engulla, ese vacío, seguirá ahí, igual que antes de atracarse. En el otro extremo, un temor intenso a aumentar de peso o volverse obeso lleva a algunas personas a tratar de mantener a toda costa un peso corporal inferior al peso mínimo normal que le corresponde por edad y estatura mediante dieta, ejercicio, abuso de laxantes o diuréticos, o combinaciones de éstos.

Alrededor de esos trastornos han proliferado las llamadas dietas milagrosas sobre cuya peligrosidad han advertido todos los especialistas: la dieta del pomelo, la de la sopa comegrasas, la de la alcachofa, la manzana, el membrillo, el melocotón, el sirope de savia y limón, las disociadas…

Todas estas dietas restrictivas, basadas en la toma de un solo alimento o en la disociación destrozan nuestro equilibrio interno y representan un grave riesgo para la salud… Si durante un período de tiempo, más o menos prolongado, nos alimentamos poco y exclusivamente de uno o pocos alimentos, nada variados, contraeremos un déficit –que puede llegar a ser grave- de algunos nutrientes básicos que el cuerpo necesita para funcionar correctamente.

No es cuestión de obsesionarse con el peso. Se trata de vivir sanamente, sin pasar hambre, combinando una dieta equilibrada con ejercicio físico moderado. Hay pautas tan sencillas y efectivas como la dieta mediterránea y tener en cuenta la denominada pirámide nutricional: mayor cantidad de alimentos de los niveles más bajos (cereales, pan, arroz, legumbres frescas, harinas, patatas) y menor cantidad de alimentos, con menor frecuencia y menores cantidades, de los niveles más altos (carnes, grasas, azúcares). Y un buen consejo: cocinar con amor, una actividad divertida y mágica, de sensaciones y sentidos con la que podemos desarrollar nuestra creatividad y fantasía, seducir, jugar y compartir con amigos y amantes. Amémonos… Cocinemos…